En la mañana de ayer, la Fundación Caja Segovia ha procedido al traslado de una importante obra escultórica a sus dependencias del Torreón de Lozoya. Se trata de una estatua dedicada a Domingo de Soto (1495-1560), obra del escultor Federico Coullaut-Valera, realizada en 1981 para el Palacio de Mansilla, antiguo Colegio Universitario de Segovia, institución que durante algún tiempo llevó el nombre de este fraile, teólogo y humanista segoviano.
La escultura, realizada en un solo bloque de piedra caliza (175 x 67 x 45 cm.), representa a Domingo de Soto de cuerpo entero y posición frontal, sosteniendo en sus manos una pluma y un grueso libro de su autoría, el “Commentariorum Fratris Dominici Soto segobiensis, theologi, ordinis Praedicatorum, Caesareae Maiestati à sacris confessionibus, publici apud Salmanticenses professoris, in Quartum Sententiarum”, obra publicada por vez primera en Salamanca en 1557. De ella, Fernando Ramos González -Director de la Fundación Museo de las Ferias- ha comentado “No hay obra semejante en la literatura cristiana, excepto la propia Biblia, que haya sido más comentada que los cuatro Libros de Sentencias escritos por Pedro Lombardo (ca. 1090-1160) que sirvieron como texto teológico en las universidades medievales hasta bien entrado el siglo XVI. Todos los grandes pensadores medievales, desde Bernardo de Claraval a Tomás de Aquino o Guillermo de Ockham, fueron influidos por él, incluso Martín Lutero escribió glosas sobre estas “Sentencias”. El libro de Domingo de Soto In Quartum Sententiarum es su gran obra de plena madurez y sigue la tradición de los Comentarii a las “Sentencias” de Lombardo, en concreto al Libro IV que aborda los “signos teologales” en relación a los sacramentos y a las realidades últimas, las de la vida eterna, llamadas Novísimos. Los Comentarios al IV libro de las Sentencias de Domingo de Soto por su riqueza bíblica y patrística, junto a su armazón proveniente de la Summa de Santo Tomás, sirvieron de guía teológica y tejido literario a la comisión redactora del Catecismo Romano en una materia muy comprometida en aquellos momentos como era la doctrina sacramental.” La portada original de esta obra fue simplificada por el escultor, figurando en ella el Ave Fénix en el momento en que surge de una hoguera; la imagen aparece rodeada por el conocido lema “EX ME IPSO RENASCOR”, “De mí mismo renazco”. Según una de las muchas tradiciones mitológicas que se refieren a este animal fabuloso, el Ave Fénix vivía en el Paraíso, donde anidaba en un rosal. Cuando Adán y Eva fueron expulsados, de la espada llameante del ángel que los obligó a marcharse se escapó una chispa que prendió el nido, matando al animal. Sin embargo, por haber sido la única bestia que se había negado a probar la fruta prohibida, se le concedió el deseo de renacer de sus cenizas a través de un curioso prodigio: cuando presagiaba su muerte, el Ave Fénix hacía un nido y ponía un único huevo que empollaba durante tres días, al cabo de los cuales ardía en llamas. Cuando el ave había quedado reducido a cenizas, del huevo volvía a nacer el mismo animal, hecho que ocurría cada quinientos años; fue por ello que se convirtió en un símbolo de resurrección. Su presencia en este libro obedece a que fue utilizada como marca tipográfica por el librero Benito Boyer, editor de la obra. En el pedestal de la estatua figura una inscripción que alude a otro libro escrito por Domingo de Soto, “De Iustitia et Iure”, “Tratado de la Justicia y el Derecho” (1557), con la que su autor quiso “ensalzar la dignidad augusta de esta virtud, establecer sólidamente sus elementos, leyes, partes y especies, y examinar todas las iniquidades que le son contrarias, los fraudes y las violencias, según las fuerzas que Dios me diere, tanto como ellas alcancen, y pintar cada cosa con todos sus pormenores”. La escultura alude de esta forma a dos de las disciplinas que cultivó Domingo de Soto, cuya admirada erudición le llevó a escribir obras de física, política, jurisprudencia, filosofía, teológica y derecho; no en vano, en su tiempo se decía “Quien conoce a de Soto, conoce todo”. La expresión concentrada de la estatua quizá aluda a su enorme sabiduría.
Federico Coullaut-Valera (1912-1989), hijo del también escultor Lorenzo Coullaut, comenzó su carrera profesional dando continuidad a grandes encargos que no había podido terminar su padre, tras una muerte prematura: el monumento a los hermanos Álvarez Quintero para el Retiro y el Monumento a Miguel de Cervantes en la Plaza de España, ambos en Madrid. Ya en solitario, se le deben obras tan conocidas como la gran victoria que corona en edificio Metrópolis en Madrid, las estatuas dedicadas a Felipe II en Madrid y Valladolid, la estatua dedicada a Pío Baroja en el Retiro, etc.
La estatua de Domingo de Soto fue realizada para adornar un nicho en el primer patio del Palacio de Mansilla; a partir de ahora estará cobijada bajo el pórtico de entrada al jardín del Torreón de Lozoya.