Desde el jueves 1 de febrero al domingo 28 de abril, las Salas del Palacio del Torreón de Lozoya acogerán la exposición ‘Japón. Una historia de amor y guerra’. La muestra, fruto de la colaboración entre CaixaBank y la Fundación Torreón de Lozoya, abre la programación de este centro expositivo en 2024.

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El conocido como “Periodo Edo” de la historia de Japón, abarcó desde 1603 a 1868. Durante esa época, el gobierno estuvo en manos una dinastía de comandantes militares o shogunes, pertenecientes a la familia Tokugawa, que ejercieron el poder sobre las bases de un férreo control de todos los ámbitos sociales, centralizado en la ciudad de Edo, la futura Tokio: unificaron el país; abrieron un larguísimo periodo de paz, estabilidad política y prosperidad; mermaron el poder de la nobleza militar (poniéndola al servicio burocrático del estado); favorecieron el comercio y el crecimiento de las ciudades; cerraron Japón a todo influjo extranjero, persiguiendo incluso al cristianismo; jerarquizaron la sociedad en clases muy determinadas, apoyados por el carácter conservador del confucianismo imperante (guerreros, nobles o samuráis, seguidos de campesinos, comerciantes y artesanos); propiciaron el consumo y favorecieron las artes…

La bonanza económica y la pujanza de las ciudades durante este periodo, llevó a la consolidación de los chonin, la clase urbana adinerada, en su mayoría comerciantes y artesanos, en cuyo entorno surgió una cultura alternativa a los cánones y modas oficiales, que acabaría por encarnar muchos de los aspectos del país nipón que todavía hoy nos son más familiares y continúan despertando nuestra admiración y curiosidad. Esa cultura nueva y contestataria, un verdadero respiro frente al agobiante control shogunal, recibió el nombre de Ukiyo, literalmente ‘mundo flotante’.

El Ukiyo supuso la aparición de una nueva sensibilidad evasiva, atenta a los placeres efímeros, que valoraba lo transitorio, lo pasajero, en la que las jerarquías sociales se desvanecían y en la que el ocio, en sus más diversas expresiones, era la recurrente vía de escape a la severidad imperante: acudir a las casas del té, a los distritos de placer o a representaciones de teatro kabuki, contemplar los bellos paisajes del campo y de las ciudades, viajar, pintar o disfrutar de las artes (desde la pintura y la caligrafía, a la poesía), deleitarse en obras literarias y en sus ilustraciones, lucir deslumbrantes prendas de vestir, participar en tertulias y encuentros con escritores y artistas, disfrutar de la compañía de las geishas, admirar y sentir el paso anual de las estaciones…

Más de cien piezas conducen al visitante hacia este ‘mundo flotante’, bien visibilizado a través las famosas xilografías japonesas que revolucionaron el arte occidental en la segunda mitad del siglo XIX, acompañadas de objetos y fotografías.

Hito fundamental de la muestra es el universo teatral del Kabuki, literalmente ‘desviar’, ‘trasgredir’. Fruto de la nueva cultura chonin, el Kabuki fue la versión popular del aristocrático, oficial y hierático ‘Teatro n?’, surgido en el siglo XIV. Su inspiración fueron las extravagantes exhibiciones de prostitutas y bailarinas de bajo rango y las trasgresiones de los samuráis sin señor (ronin). Sus actores se convirtieron en auténticos héroes de la calle y este género fue elevado a una de las expresiones más significativas del periodo Edo.

A distintos tipos de mujeres se les dedica buena parte de la exposición. Las Bijin-ga o ‘Imágenes de mujeres bonitas’ son estampas dedicadas a la representación de los ideales femeninos del momento.

Por supuesto, menudean las representaciones de geishas, refinadas anfitrionas que eran artistas, bailarinas e intérpretes de instrumentos, no prostitutas, vestidas con elegantes kimonos.

Tampoco faltan las cortesanas de las más diversas jerarquías e incluso una representación del género Shunga (‘Imágenes de la primavera’), series de grabados que tienen a la práctica sexual como tema y que escaparon a las reiteradas prohibiciones impuestas por el estado.

La naturaleza, la fauna y la flora, presentes en las Ukiyo-e (‘Imágenes del mundo flotante), muestran la hondura con la que el arte japonés elevó a estos elementos a un nivel trascendente, llegando incluso, durante un tiempo, a eclipsar en el ámbito del grabado a las representaciones de geishas y actores.

El universo del samurái tiene en esta época un cierto regusto nostálgico, puesto que el antiguo guerrero, que esta etapa domesticó para convertirlo en funcionario, no renuncia a exteriorizar su cuna y su autoridad a través de ricas armas y armaduras.