Torreón de Lozoya

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EL EDIFICIO

El Torreón de Lozoya en época contemporánea

El Torreón

El último propietario del Torreón de Lozoya que habitó en él fue Tomás de Mascaró, quien lo hizo hasta su muerte en 1910. Debía ser un hombre extraño y reservado, quizá por resentimiento, dado que en su disposición testamentaria dejó ordenado que sólo mujeres pudieran heredar el inmueble. Según Juan de Contreras y López de Ayala, Marqués de Lozoya, el edificio contaba con varios salones que tenían sus propios nombres, caso del “Salón del Olimpo” (por las pinturas que tenía el techo), el “Principal” (tapizado en damasco), el “Verde” (tapizado en raso de este color), el “de Tapices”, etc. Tras la muerte de Tomás de Mascaró el edificio pasó a ser arrendado varias veces, habiendo sido academia preparatoria militar, sede del Diario de Avisos, internado de los Hermanos Maristas y Colegio de Religiosas Concepcionistas.

En 1967, la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Segovia comenzó a adquirir las diferentes propiedades en las que había quedado dividido el edificio. El 10 y el 24 de agosto, compraba la parte esencial del inmueble a Angelina Contreras y López de Ayala, José Hernández Contreras, Carmen Hernández Contreras y Luis Felipe de Peñalosa y Contreras. En enero de 1970 haría lo mismo con la propiedad de Pedro Brañas Cela y María Gil Ortiz. En 1991 se añadiría al conjunto otra propiedad más, una casa sita en el contiguo Corral de San Martín, propiedad hasta entonces de Agapito Escribano Martín y los hermanos Brígida, Juan Bautista y Rafael Escribano Cachorro.

Los dos proyectos de restauración que afectaron al palacio fueron encargados por la Caja de Ahorros al arquitecto Joaquín Vaquero Palacios (1900-1998): el primero para el grueso del edificio histórico en torno al patio y parte del ala Norte que da al jardín, y el segundo –mediatizado por la compra de 1970- centrado en esta última parte, lo que supuso la modificación parcial del proyecto que había realizado tres años antes (Archivo Municipal de Segovia: A-138-8 y A-157-4).

El “Proyecto de Restauración de la Torre de Lozoya en Segovia”, fue firmado por Joaquín Vaquero el 1 de marzo de 19681.El 24 de junio de ese mismo año, Caja Segovia solicitaba al Ayuntamiento la correspondiente licencia de obras, poniéndose en marcha todo el aparato burocrático que trataba de garantizar la idoneidad del proyecto para la rehabilitación de un edificio histórico del calibre del Torreón de Lozoya. La conformidad con lo ideado por el arquitecto por parte de la Comisión Provincial de Monumentos se manifestaría el 14 de diciembre de 1968. El 16 de enero de 1969, el Delegado Provincial de Bellas Artes informaría también favorablemente sus pretensiones al entender que “El proyecto se limita a la consolidación y restauración del antiguo edificio sin alterar para nada su fisonomía, ni variar su estructura, conservando cuanto en él existe de mérito artístico y efectuando la demolición de tabiquerías interiores modernas que desvirtuaban su carácter palacial […] Se mantienen en toda su pureza el patio y escalera principal, abriendo la parte de la galería, que fue tabicada en el siglo XVIII, así como la galería del jardín interior, tabicada más recientemente, por la comunidad religiosa que habitaba el inmueble […] Por otra parte, la obra no afecta al exterior del monumento, que se mantiene en toda su pureza, por lo que solo plácemes puede parecer, desde el punto de vista artístico, tanto la Caja de Ahorros como entidad propietaria, como el arquitecto autor del proyecto”. La licencia de obra se concedería el 21 de enero de 1969, después de los informes, también favorables, del Arquitecto Municipal y de la Comisión de Obras.

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La Memoria de este proyecto constituye un precioso documento ya que está cargada de detalles que complementan nuestro conocimiento sobre las fases anteriores del edificio y de lo que de ellas se conservaba en el siglo pasado. Por el mismo motivo, es muy valiosa la minuciosa planimetría de su estado antes de la intervención, acompañada de numerosas notas. Junto a la inspección ocultar y el levantamiento de planos, la Memoria refleja que se practicaron diversas catas por todo el edificio, lo que ha podido corroborarse con alguna fotografía antigua del archivo de Caja Segovia, caso una fechada el 10 de julio de 1968. En ella se observa que se habían picado parte de los revestimientos de la galería alta del patio de entrada, poniendo al descubierto un “Víctor” que todavía se conserva, así como un arco cegado de ladrillo que sería posteriormente ocultado.

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En lo tocante a la historia y al mérito artístico del inmueble, el arquitecto se basó en la obra “La Casa Segoviana” del Marqués de Lozoya, llevando a las páginas de la Memoria amplios párrafos. De ella se deduce que aquella publicación fue determinante para sensibilizar al arquitecto sobre la importancia de los esgrafiados que poseía el edificio, sus chimeneas y sus zócalos: “conserva pisos de alambrilla, magníficos zócalos de azulejos de Sevilla y de Talavera y chimeneas de diferentes tipos, muy adornadas de figuras y blasones; tan en favor estaban a fines del siglo XVI las chimeneas francesas que solía negarse carta de examen en el gremio de albañilería a quien no supiese construirlas”. Después de esta cita, el arquitecto continúa su informe aportándonos un curioso dato, relativo a otra chimenea que no ha llegado hasta nosotros, ignorándose el momento en que fue eliminada: “… y otra chimenea de mampostería, que en el hueco del muro tiene hogar, y a cada lado una exedra para cobijar un escaño, adornado todo ello con fajas de yesería con adorno de grutesco”.

Otro dato curioso es el acceso al sótano, al que se accedía por rampas. Allí, dice, “hay bóvedas de ladrillo, algunas de ellas algo cedidas en la línea de sus claves”, puntualizando que “donde no hay bóveda se cubren con entramados de madera completamente destruidos por el tiempo, por las humedades y sobre todo por haber servido de cuadras durante muchos años”; de hecho, el suelo era de tierra y en la planimetría se dibujaron las pesebreras. Algunas de aquellas bóvedas quedarían con su fábrica vista, pero dos de ellas serían enfoscadas y pintadas, tal y como puede verse en lo que hoy son las “Salas de las Caballerizas”.

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De las galerías del jardín y patio, el arquitecto llega a manifestar que el “conjunto es probablemente, el más importante de Segovia”. El patio conservaba su pavimento de grandes losas de granito al 50%. Con respecto al Torreón propiamente dicho, el arquitecto informa de que existían algunas grietas que habían sido reparadas en tiempos recientes a su proyecto y de que buena parte de la carpintería de las primeras plantas podía aprovecharse.

La planta baja presentaba entonces un suelo de tarima sobre una considerable capa de escombros, encontrándose en muy malas condiciones. A pesar de ello, se conservaba allí alguna que otra baldosa en precario estado. Con respecto a los techos, éstos eran de “de vigas de madera con entablado superior y encasetonado entre vigas. Estos en un 80% se hallan en perfecto estado”, salvo en lugares donde había caído alguna gotera. Algunos de ellos habían sido ocultados por “cielorrasos”, contando sólo una de las habitaciones con un techo policromado que no fue preservado. La escalera se describe con un techo encasetonado en oblicuo, tal y como hoy se conserva.

La situación era bien distinta en la planta superior, puesto que allí suelos y techos estaban muy maltrechos por las goteras y la cantidad de escombros que se habían acumulado en los desvanes.

La conclusión de este informe fue que “el estado aparente del edificio, salvo una zona de poca extensión, es relativamente bueno desde los cimientos hasta los techos de la planta alta, excepción hecha de los pisos altos en las torres, cuyos entramados están en franca ruina y algunos ya desaparecidos. Las cubiertas están francamente ruinosas”.

Se detalla que la carpintería de puertas y ventanas era reciente y de mala calidad, por lo que todas ellas debieron sustituirse. Actualmente, además de la puerta principal y la de la Calle Grabador Espinosa, existen dos puertas antiguas en el edificio, bastante singulares, probablemente del siglo XVII: una en la entrada a la Sala de las Caballerizas y otra en el acceso a la Sala de Tapices, precisamente en la habitación que cuenta con la chimenea más espectacular del inmueble. Se trata de puertas de cuarterones que tienen la particularidad de presentar en su frente un bajorrelieve con la imagen de un santo, habiendo sido identificado San Cristóbal, presencia interesante por su función profiláctica, dado que protege a los caminantes, de ahí que protagonice grandes pinturas murales en los templos desde tiempos del Románico, ubicadas preferentemente en un lugar bien visible desde las entradas. La otra representa a Santa Bárbara, con su palma del martirio y su símbolo parlante, la torre, todo ello rodeado por cuatro cabezas de querubines. Ignoramos si pertenecían al edificio con anterioridad, puesto que la Memoria sugiere que para sustituir a las carpinterías  existentes se recurra a la adquisición en anticuarios de estos elementos, buscando piezas que se correspondan con la cronología del inmueble. Este detalle entra dentro de los parámetros que la propiedad y el arquitecto se fijaron, de acuerdo con los criterios de rehabilitación entonces vigentes, puesto que la intervención pretendió “devolver al palacio el aspecto que ha debido tener cuando fue construido, empleando, cuando se pueda, los mismos materiales y sistemas constructivos de la época, pero utilizando donde sea preciso y cuando no sean visibles, elementos actuales que nos proporcionen más seguridad y economía”, lo que sin duda se puso en práctica en las cubiertas, construidas ex novo sobre cerchas metálicas y de hormigón.  La sensibilidad que se puso en preservar los vestigios existentes en el palacio se detalla también en este informe y el estado actual del inmueble lo corrobora (excepción hecha de la chimenea referida y de los techos pintados), puesto que ya se estableció que había que “Restaurar las antiguas chimeneas de leña, los zócalos de azulejos, los esgrafiados, hoy ocultos, de las galerías, los techos pintados y la decoración que hubo en las fachadas y muros que circundan el patio-jardín”.

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Nada dice de las rejas, pero fotografías de cierta antigüedad indican que se conservaron y que las existentes sirvieron de modelo para otras nuevas, realizadas por el maestro Elías de Andrés. Lógicamente, la prudencia hubo de imponerse a la hora de intervenir en un inmueble con tantas particularidades, puesto que el arquitecto manifestó que el proyecto podría ir variando sobre la marcha, mediatizado por la posible aparición de nuevos hallazgos o de la presencia de elementos en muy deficiente estado de conservación; “Decir lo contrario [escribe] sería, o un engaño o entrañaría la intención premeditada de seguirlo con una absoluta rigidez mecánica y un total desinterés arqueológico, artístico y constructivo”.  Tal prevención era lógica puesto que detrás del ala Norte del jardín existían zonas inexploradas que se detallan como ruinosas y para las que no se tenía claro ni el plan a seguir, ni los testimonios históricos que podían subyacer bajo los escombros.

Algo debió ocurrir con la importante partida económica (350.000 pesetas de entonces) que se presupuestó para la “restauración de pintura al fresco del patio-jardín y vestíbulo de entrada a la Calle Gravador [sic.] Espinosa”, puesto que en ese punto no se conserva decoración mural alguna, a no ser que el apunte esté referido a los restos descritos en ese sector (la Anunciación rodeada por una pintura en grisalla), no en el zaguán propiamente dicho, sino dos plantas más arriba.

Sin embargo, la disposición actual de estas pinturas, en parte por debajo de un forjado en el que hubo de recortarse un espacio para que pudieran observarse, da la impresión de que haya sido un resto aparecido en el transcurso de la obra, cuya presencia obligó a una modificación del plan sobre la marcha, con las obras avanzadas; si este hallazgo se hubiera  producido antes, probablemente habría sido tenido en cuenta desde el principio, a fin de propiciar su correcta visión.

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Otros elementos del inmueble fueron trasladados a otra ubicación dentro del edificio. Así, en la planimetría del “estado actual” se detalla en el acceso a las cuadras la existencia de un hueco tabicado en el que se dispuso una chimenea de piedra, trasladada desde algún lugar, quizá desde la planta baja, donde los planos puntualizan la existencia de una en la habitación del ángulo sureste, hoy inexistente. También se modificó un pequeño cuarto en el patio, donde se describió la existencia de “un pozo y fregadero de piedra”, elementos seguramente hoy reconvertidos en fuentes o maceteros en el jardín. Curiosamente, lo que no se detalla en este patio es el brocal de pozo, en piedra de granito, que hoy existe junto a su entrada, ni tampoco se observa en las fotografías. Por el contrario, el jardín mantiene algunos de sus adornos originales, caso de la fuente circular, cuya pila se inserta en el terreno.

Junto a todo esto, quizá uno de los datos más interesantes del proyecto y de su planimetría es comprobar cómo la distribución de las habitaciones del inmueble se correspondía de antiguo con las que hoy conserva el edificio en torno al patio. Claramente, se dispusieron en época indeterminada algunos tabiques delgados para compartimentar las salas que la restauración eliminó convenientemente, lo mismo que aquellas paredes que cerraron parcial o totalmente las galerías, clausuraron el zaguán de la Calle Grabador Espinosa o acotaron un gallinero dentro del jardín.

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La planimetría ofrece también otro curioso dato y es que el inmueble fue, durante un tiempo, aún más grande en dimensiones. Por ejemplo, en el rellano de la escalera existía una puerta –por aquellos años ya tapiada- que comunicaba con la casa que hoy cierra parte de la pequeña plaza que antecede al edificio por su lado derecho. Asimismo, existía una pequeña ala que configuraba, haciendo ángulo con la sala de la gran chimenea, un patio interior, sin demasiado interés arquitectónico; el proyecto preveía la restauración de este espacio, pero por razones desconocidas, fue demolido. Quizá influyó en ello el hecho de que se desestimara abrir una puerta desde el Torreón para comunicarlo con el pasadizo estrecho que, desde la calle, desemboca en ese pequeño patio.

El coste total de la intervención se presupuestó en 10.725.799,86 pesetas. El proyecto preveía que el edificio iba a ser “destinado a una institución de carácter cultural”, no detallándose el fin concreto, aunque fueron previstas una “Sala de Museo, taller, aula etc.”. También se planificó la construcción de un apartamento para invitados ilustres, cuyo acceso se efectuaría por el rellano de la escalera principal, en el patio. Quizá para dotar a este sector de una entrada alternativa a la principal, pero que fuera discreta y digna al mismo tiempo, se puso la vista en la puerta que, desde la calle, daba entrada al jardín y al edificio: “Hacer uso de la entrada de la Calle Grabador Espinosa, como acceso de servicio, materiales, etc., pero abriendo una nueva puerta para respetar la existente, con el zaguán de los arcos como entrada de respeto”. Ese apartamento llegó efectivamente a realizarse, aunque dudamos que llegara a cumplir esa misión; de hecho, los conserjes que trabajaban en el inmueble hace treinta años se referían a esta área como “la casa deshabitada”. La estrechez y altura del acceso determinó que fuera necesaria la construcción de una altísima, incómoda y empinada escalera metálica que desemboca en varias habitaciones, hoy almacenes secundarios, apenas en uso.

El segundo proyecto firmado por Joaquín Vaquero Palacios, aquel que afectó al ala Norte del jardín, fue firmado en Madrid en 1971, al objeto de construir en allí un “edificio para Residencia en la Calle Grabador Espinosa nº 8”. Este proyecto vendría a completar al primero en una zona que había quedado bastante indefinida, dado que detrás de esta ala se detallaban construcciones en ruinas de difícil caracterización y acceso. Muy probablemente, la intervención en este sector debió mediatizar la subsiguiente compra de propiedades que vendrían a añadirse a la operación inmobiliaria inicial.

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Los amplios usos previstos para esta parte del inmueble tenían una vocación de servicio hacia la ciudad, puesto que eran “viviendas, escuelas, comercio, espectáculos, edificios administrativos, culturales, religiosos, hoteles, garaje”. En la memoria del proyecto puede leerse: “La Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Segovia pretende con esta Residencia dotar a la Ciudad de unas Instalaciones Dignas para recibir visitantes de categoría que de este modo pueden pernoctar en su visita oficial a Segovia con la independencia y confort necesarios”. Para ello, el plan preveía “seis dormitorios, cinco capaces para dos camas y uno sencillo, todos ellos con un pequeño vestíbulo y cuarto de baño privado. Habrá también un comedor, un gran salón y todas las dependencias de servicio”; estas dependencias no eran otras que una cocina con su office, un cuarto de plancha y hasta una vivienda para guardeses.

Detalla el proyecto que las plantas de la nueva construcción –puesto que, como se ha dicho, se pensaba derribar el edificio existente- se acomodarían a las alturas del Palacio, lo que puede ratificarse a la luz del estado actual del inmueble. No obstante, creemos que la obra fue mucho más contenida, puesto que los huecos principales de la fachada, todos ellos balcones, no fueron rectificados en altura y únicamente se tapiaron algunas ventanas junto a las puertas de la planta baja, quizá obras posteriores que desvirtuaron la estricta ordenación inicial que tanto llamó la atención de Ruiz Hernando.

De nuevo fue objeto de atención el zaguán renacentista que daba entrada a este sector desde la Calle Grabador Espinosa, algo lógico puesto que ahora debía de ser dotado de una mayor funcionalidad. Allí fue prevista “una entrada exclusiva para el Servicio y que servirá también de acceso directo al Almacén y al Taller de Restauración del Museo […] y que están en comunicación con las salas del Museo”.

El presupuesto de esta segunda fase de la obra ascendió a 4.365.279,06 pesetas, es decir, algo menos de la mitad de lo que fue presupuestado para la primera. Ello puede parecer, a priori, extraño, dadas las menores dimensiones del sector, pero ello nos está indicando que fue necesario intervenir con una dotación económica más elevada debido seguramente a la parte ruinosa que hubo de ser completamente rehecha, aprovechando la circunstancia para establecer una comunicación coherente y funcional de toda esta zona. La mayor parte de las estancias de este sector -conocido como la “residencia”- se destinaron a dormitorios, complementados con un salón, una capilla y un pequeño comedor. Todo fue amueblado y decorado al estilo de la época, con una mezcla de antigüedades y muebles modernos que imitaban mobiliario rústico. En la Fiesta de la Hispanidad del año 1974 se inauguró la residencia para albergar a los Duques de Cádiz, quienes pernoctaron en el edificio. A partir de entonces, estas habitaciones albergarían a numerosas personalidades del mundo de la política, las artes, las letras y la empresa, puesto que fue utilizado tanto para compromisos de los estamentos oficiales como por el departamento de Relaciones Institucionales de Caja Segovia, lo que incluía también a invitados ilustres que impartían conferencias en el Colegio Universitario Domingo de Soto.

Sabemos que la disparidad de usos que contemplaban los proyectos del arquitecto Joaquín Vaquero Palacios para el Torreón de Lozoya obedecía en realidad a que Caja Segovia no tenía claro el destino final del palacio, dado que la prioridad era salvarlo de la ruina. De hecho, durante un tiempo se impartieron clases en él, cumpliendo con una función docente. No obstante, en una fecha tan temprana como 1971 se empiezan a celebrar exposiciones en las salas subterráneas del inmueble, actualmente denominadas “Salas de las Caballerizas”, en paralelo a otras que la Entidad celebraba en otra sala sita en su sede principal (en la entonces Avenida Fernández Ladreda) con entrada por la Calle del Carmen y ubicada sobre la hoy denominada “Sala Fundación Caja Segovia”. Fue así como llegaron a Segovia algunas exposiciones itinerantes organizadas por el Ministerio de Educación y Ciencia con fondos del Museo de Arte Contemporáneo. En 1973 también se empiezan a celebrar exposiciones de producción propia como la dedicada al pintor Eduardo Chicharro. Al año siguiente, la vocación expositiva del Torreón de Lozoya crece en ambición, puesto que se acondiciona la planta baja del palacio renacentista –las hoy llamadas “Salas del Palacio”- para acoger las exposiciones conmemorativas del Bimilenario del Acueducto.

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A partir de entonces, al disponer de un mayor espacio para grandes exposiciones, el Torreón de Lozoya comenzó a recibir muestras organizadas por la Dirección General de Bellas Artes, la Fundación Juan March, la Casa de Velázquez o el British Council, la mayor parte de ellas enfocadas a entender y difundir el arte contemporáneo español e internacional (“El color”, “La luz”, “La composición”, “El paisaje”, “La figura”, “El retrato”, “La naturaleza muerta”, “Litografías de Joan Miró”, “Maestros del Arte Abstracto Español”, “El paisaje holandés en el siglo XVII”, “Hocney-Hogarth”), al tiempo que Caja Segovia producía algunas exposiciones dedicadas al patrimonio segoviano como “Arte Flamenco en Segovia”. Los años ochenta supusieron un notable incremento de actividad, concurriendo a estas salas casi todos los artistas segovianos en activo, tanto de la capital como de la provincia, al tiempo que se continuaba por la senda de realizar exposiciones de producción propia o en colaboración con instituciones públicas y privadas: “Memoria histórica del Siglo de las Luces”, “China, mitos, dioses y demonios”, “Gratia Plena”, “Crucis Mysterium”, la exposición anual de los Pintores Pensionados, “Emiliano Barral”, “Florentino Trapero”, “Esteban Vicente”, etc. Otras actividades acabaron por convertir al Torreón de Lozoya en epicentro de la cultura segoviana, desde pases de modelos con prendas diseñadas por segovianos, a la Feria de Artesanía, el Salón del Anticuario, conciertos, recitales de poesía, subastas de antigüedades, presentaciones de libros, ciclos de conferencias, congresos, certámenes para jóvenes pintores, la cita anual con el belenismo a través de la propuesta “Navidad en Caja Segovia”, proyección de audiovisuales, una exposición micológica anual, etc.

A principios de los noventa se incorpora a la plantilla de la Obra Social y Cultural de Caja Segovia el gestor cultural Rafael Ruiz Alonso, cuya actividad se enfocaría inicialmente sólo al Torreón de Lozoya. A partir de entonces se reorganizarán las actividades expositivas vinculando las Salas de las Caballerizas al apoyo al arte contemporáneo, sobre todo local. El jardín acogerá en verano el ciclo “Veladas Musicales en el Torreón”, al tiempo que el Salón de Actos tendrá una programación estable de conferencias y presentaciones de libros. Las Salas del Palacio, por su parte, se dedicarán a exposiciones de diversa índole, con el acento puesto en artistas, periodos, fenómenos histórico-artístico, etc., anteriores a nuestra guerra civil, con el fin de posibilitar en Segovia una oferta expositiva amplia y diversificada, a la que acababa de sumarse el Museo de Arte Contemporáneo “Esteban Vicente”. Las principales muestras que desde entonces se han celebrado, han obedecido a las siguientes líneas de trabajo:

En el ámbito de las artes locales, el Torreón de Lozoya ha puesto de manifiesto la enorme variedad y riqueza que ofrece la plástica segoviana actual con la celebración de no menos de cuatrocientas muestras, dedicadas, entre otros muchos creadores, a Ángel Cristóbal, Francisco Lorenzo Tardón, Lope Tablada Martín, Gregorio Herrero, Manuel Gómez Santos, Pedro Manzanas, Rafael Lorenzo Tardón, Mariano Carabias, Mariano Vilallonga, Rosa Pérez Carasa, Antonio Madrigal, Mesa Esteban Drake, Marta Iglesias, Santiago Mayor, Alejandra Gutiérrez, Manuel Serrano, Carlos de Paz, Luis Jesús Labrador, Pepe Orcajo, Milagros Isabel Cobos, Juan Luis Pita, Gerardo Martínez Cabra, Fernando Arias, Angelina Contreras, Ernesto Acinas, Daniel Gil Martín, Paulino Lorenzo Tardón, Nicolás Gless, Pilar Coomonte, Amadeo Olmos, Antonio Rodríguez, Christian Hugo Martín, Jennifer Graber, Jesús Pérez Ramos, Marta García Sanz, Leoncio Martínez Cameno, Arturo Martín Gómez, Lola Herrero, Frutos Casado de Lucas, Javier González Hontoria, Faustino Román, Carlos Tejedor, Pablo Caballero, Antonio Román, Eugenio Concepción, Iván Montero, Lucía Huertas, José María Yagües, José María Pérez de Cossío, Miguel Ángel de Villota, Pedro Santoyo, Juan Carlos Martín de Vidales, José Luis López Saura, Margarita Zuloaga, Luciano Esteban, Francisco Orcajo, Juan Pablo Sánchez, Antonio Moragón, María Jesús de Frutos, Juan Carlos Lara, Raúl Sánchez Muñoz, Jesús Santos Revuelta, Bernabé Gilabert, Celia Herranz, Agustí Domingo Ortiz, Isabel Albertos, Willen Beekhof, Ricardo Renedo, José Manuel Contreras, José Antonio Regidor, María Victoria Yubero, Berta Unturbe, Encarna Reques, Fausto Núñez, Emiliano Alvarado, Elías de Andrés, Coro López-Izquierdo Botín, etc.

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Especial atención han merecido aquellos artistas segovianos o vinculados a Segovia que se abrieron camino fuera de nuestras fronteras y que hoy son artistas importantes a nivel nacional e incluso internacional, caso de Aniceto Marinas, Emiliano Barral, Rafael Baixeras, Ignacio Yraola, Carlos León, Sofía Madrigal, José María García “Moro”, Jesús González de la Torre, Patricia Azcárate, Florentino Trapero, José Luis Fuentetaja, Esteban Vicente, Jesús Unturbe, Ángel Gómez, Mariano de Cossío, Daniel Zuloaga, Alberto Reguera, Luis Moro, etc.

Las exposiciones del Torreón de Lozoya se unieron igualmente a la reivindicación que la crítica moderna ha llevado a cabo de los artistas españoles de finales del siglo XIX y principios del XX, en especial de la Generación del 98, ligada de muy diferentes formas a la tierra segoviana, en la que muchos de sus integrantes buscaron fuente de inspiración para sus obras. La serie, que casi puede considerarse pionera en este fenómeno, se abrió con la muestra dedicada en 1984 a “Ignacio Zuloaga”, a la que seguirán “Cinco Pintores Vascos en Segovia” –exposición que mostró el paso por Segovia de Pablo Uranga, los hermanos Zubiaurre, Darío de Regoyos e Ignacio Zuloaga-, “Julio Romero de Torres. Un mundo de seducción”, “Santos Sanz”, “Eduardo Chicharro Agüera-Eduardo Chicharro Briones”, “Santiago Rusiñol. Los jardines del Alma”, “Cecilio Plá”, “Miquel Blay. La escultura del sentimiento”, “Sorolla Paisajista”, “Daniel Zuloaga Boneta. Artista de la cerámica”, “Joaquín Mir. Mallorca y otros paisajes”, etc.

Esta línea de muestras contó con una gran aceptación, tanto en el favor del público como en el sector más especializado del mundo científico. Así, la muestra dedicada a Romero de Torres dio a conocer algunas obras inéditas del artista, junto a piezas procedentes de su Museo de Córdoba y de diversas colecciones públicas españolas. Durante el periodo de su celebración -entre el 17 de abril y el 3 de mayo de 1998- pasaron por estas salas más de 17.000 personas. El éxito se repetiría en las muestras dedicadas a Eduardo Chicharro (más de 12.000 visitantes), Santiago Rusiñol (más de 19.500), Cecilio Plá (se superaron los 22.000), Joaquín Sorolla (más de 30.000), Joaquim Mir (se sobrepasaron los 39.000 visitantes), etc., datos que ofrecen además una interesante estadística en la que se observa claramente el incremento de visitantes a medida que las nuevas líneas de actuación se consolidaron.

El éxito de estas exposiciones fue determinante para afianzar el prestigio del Torreón de Lozoya a nivel nacional, así como para animar a Caja Segovia a invertir en la adecuación de las Salas con el fin de acoger adecuadamente fondos históricos, de tal madera que a partir del año 2000 se implantó un sistema de climatización con control de temperatura y humedad; asimismo, se modernizó el sistema de iluminación, implantando reguladores de intensidad y filtrado de radiaciones.

El Arte Contemporáneo Nacional e Internacional fue una línea de trabajo que dio lugar a una larga lista de exposiciones que comienzan con gran determinación en 1983, fruto de la colaboración con la Fundación Juan March, a través de una muestra itinerante que permitió contemplar obras de Canogar, Clavé, Cuixart, Chillida, Chirino, Equipo Crónica, Farreras, Feito, Gabino, Genovés, Guerrero, Guinovart, Laffon, Antonio López, Hernández, Millares, Lucio Muñoz, Mompó, Palazuelo, Rivera, Rueda, Saura, Sempere, Serrano Tapies, Teixidor, Torner y Zóbel. Después, fuera ya del ámbito de esta Fundación, vendrán las exposiciones monográficas dedicadas a Luis Sáez, Gilliam Ayres, Salvador Victoria, Fernando Sáez, José Luis Coomonte, Eduardo Martínez Vázquez, Núñez Losada, Núñez de Celis, la escultura Shona de Zimbabwe, Cuasante, De las Casas, Agueda de la Pisa, Ramiro Tapia, Mompó, Benjamín Palencia, Fernando Sánchez Calderón, Manuel Viola, Vázquez Díaz, Marc Chagall, Amedeo Modigliani, Carlos Sáenz de Tejada, Pablo Ruiz Picasso, Lucas Velázquez y Lucas Villamil, Horacio Ferrer, Federico Beltrán Masés, Antoni Lamolla y el núcleo surrealista leridano, Mariano de Cossío, Fernando Botero… Sería interminable el catálogo de creadores que han pasado por el Torreón, si bien conviene decir que a la hora de diseñar las exposiciones se buscó siempre el objetivo de fueran muestras aportantes y enriquecedoras, uniendo a las obras más conocidas de estos artistas, aquellas otras más difíciles de ver por encontrarse en colecciones particulares o por corresponder a la producción más reciente. No puede olvidarse en este apartado el proyecto “Arte para un siglo”, realizado entre 2004 y 2008 en colaboración con el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, materializado en cuatro exposiciones –“Cambio de siglo” (1881-1925)”, “Vanguardias (1925-1939)”, “Abstracciones-Figuraciones (1940-1975)” y “Tiempos de Libertad (1975-1990)”-, a través de las cuales se hizo un completísimo repaso al Arte del siglo XX.

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La gran cantidad de artistas presentes en este proyecto determina que sólo citemos a unos cuantos creadores: Vázquez Díaz, Isidro Nonell, María Blanchard, Julio Antonio, José Clará, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Anglada Camarasa, Joan Miró, Juan Gris, Benjamín Palencia, Ignacio Zuloaga, Victorio Macho, Alberto Sánchez, Equipo Crónica, Antonio López, Julio Romero de Torres, Carmen Laffón, Antoni Tàpies, Darío Villalba, Gerardo Rueda, Mompó, Canogar, Torner, Óscar Domínguez, Hernando Viñes, Ángel Ferrant, Julio López Hernández, Carlos Alcolea, Miguel Ángel Campano, Guillermo Pérez Villalta, Miguel Barceló, García Sevilla, Cristina Iglesias, Francisco Leiro, Miguel Navarro, Adolfo Schlosser, etc. Más de 175.000 personas pasaron por estas cuatro exposiciones. Igualmente exitosa fue la muestra dedicada a la producción de Marc Chagall relacionada con el mensaje bíblico, seguida por más de 65.000 visitantes.

Singulares por su aceptación y seguimiento han sido aquellas exposiciones en las que se ha puesto especial énfasis en su contenido didáctico, por ser, muchas de ellas, muestras conmemorativas a las que se adhirió el Torreón de Lozoya: “Las máquinas de Leonardo”, “Pintores Románticos Ingleses en la España del XIX”, “Francisco de Zurbarán y su obrador. Obras en España y en el Virreynato del Perú”, “El Arte de la Joyería en la Colección Lázaro Galdiano”, “Reflejos de Apolo. Deporte y Arqueología en el Mediterráneo Antiguo”, “Mecenazgo y poder en la España del siglo XVI”, “Vivir en Palacio en la Edad Media”, “Goya y lo goyesco en la Fundación Lázaro Galdiano”, “La porcelana de Meissen”, “Descalzas Reales. El legado de la Toscana”, “Antonio Machado en Castilla y León”, “Isabel I Reina de Castilla”, “Cristóbal Colón y los taínos”, “Un día en la vida. The Beatles”, “La Guerra de la Independencia. Una Visión desde el Romanticismo”, “Cabaret. París-Berlín 1930”, “Rostros de Roma”, “Semblantes. Colección Granados”, “Cerámica de Alcora”, “Picasso. Suite 156”, etc. Muchas de ellas supusieron importantes aportaciones al mundo científico. Así, la muestra dedicada a la porcelana alemana de Meissen fue la primera exposición en torno a este fenómeno en España, lo mismo que el enfoque ofrecido en la protagonizada por Cristóbal Colón y la Cultura Taína. Exposiciones como las dedicadas a Francisco de Zurbarán y Francisco de Goya evidenciaron los problemas que la historiografía se ha planteado ante fenómenos como la producción de taller, las imitaciones e incluso las falsificaciones de obras de arte. De nuevo, esta experiencia contó con una gran aceptación por parte del público, alcanzándose con este tipo de muestras las más altas cotas de visitantes. Fue gracias a ellas como el Torreón de Lozoya se insertó dentro del fenómeno del turismo cultural, alcanzado una cifra anual de visitas en torno a las 115.000, siendo un porcentaje del 15% el correspondiente a los visitantes de fuera de la ciudad y provincia. Por ofrecer algunos datos, “El arte de la joyería en la Fundación Lázaro Galdiano”, “Isabel I. Reina de Castilla” o “Cristóbal Colón y los Taínos”, superaron las 65.000 visitas, tras activarse con ellas la participación de centros de enseñanza y colectivos de muy diversa índole, a los que se facilitaban horarios especiales y servicios de guías. Por su parte, los catálogos de estas muestras se distribuyeron a un amplísimo número de bibliotecas de la provincia, iniciándose también un fructífero intercambio de duplicados con museos nacionales.

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Por último, hay que destacar que la exposición “Mecenazgo y poder en la España del siglo XVI”, realizada con fondos procedentes del Museo Arqueológico Nacional, propició que la parte más sustancial de la sillería de coro del Monasterio de Santa María del Parral, que albergaba este museo en sus almacenes, volviera a instalarse en el cenobio segoviano, mediando el Torreón de Lozoya en la firma de un contrato de comodato entre el Estado Español y la Comunidad de Monjes Jerónimos. Rafael Ruiz, junto a los conservadores del MAN fue el encargado del diseño, proyecto e instalación definitiva de esta obra de arte en su ubicación actual.

Dentro de la programación anual del Torreón de Lozoya han merecido un tratamiento especial, por su importancia y objetivos, la realización de grandes exposiciones destinadas a mostrar el rico patrimonio artístico de Segovia capital y provincia.

La primera de ellas fue, en 1981, la dedicada al “Arte Flamenco en Segovia”, a la que siguieron “Gratia Plena”, dedicada a la iconografía mariana, y “Crucis Mysterium”, del año 90, con obras de pintura, orfebrería y escultura de los siglos XII al XVIII. A partir de ese momento vendrían nuevas y emblemáticas muestras: “Segovia 1492: entre dos siglos” compuso ese maravilloso puzzle que presenta el arte y la historia segovianos en los siglos XV y XVI, en los que se mezclan el Gótico final, el incipiente Renacimiento y el Mudéjar, tratándose igualmente temas de orden social, religioso y político del momento, con especial incidencia en la presencia segoviana en el Nuevo Mundo. “Arte en Caja Segovia”, de 1994, se dedicó a mostrar las principales obras que ofrecían los fondos de la Entidad, poniendo de manifiesto el empeño de Caja Segovia en su labor de mecenazgo, restauración y adquisición de obras de arte significativas en la historia de Segovia. En 1996, con motivo de un novedoso plan de desarrollo turístico, se realiza la exposición “Segovia, Caminos para el viajero”, una enorme producción que, en sus más de 1000 metros expositivos, dio a conocer las enormes posibilidades de Segovia y su Provincia para este sector, desde sus parajes naturales a la gastronomía, pasando por su oferta cultural de exposiciones, museos, conciertos, fiestas y costumbres populares, sin olvidar su inmenso legado histórico-artístico.

El Torreón
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Al año siguiente, una exposición monográfica giró en torno a una de las figuras más interesantes de la historia segoviana en el terreno de la religión, la política y las artes: “Segovia en el siglo XV. Arias Dávila: Obispo y Mecenas” analizó la vida y obra del prelado Juan Arias Dávila, cuya impronta sigue aún viva hoy en obras tan importantes como el Castillo de Turégano, la sillería y el claustro de la Catedral o el Hospital de la Misericordia. “Segovia. Las Ciudades de la Ciudad”, del año 1998, ofreció al visitante un viaje en el tiempo que permitió conocer el desarrollo de Segovia desde la formación geológica de su suelo hasta las transformaciones urbanas del siglo XX, deteniéndose en aspectos tales como los últimos hallazgos arqueológicos de época romana, la consolidación de la urbe medieval, la industria de la Segovia del siglo XVI, el fenómeno “conventual”, etc. “El Doctor Andrés Laguna y su Tiempo”, de 1999, dio a conocer a una de las personalidades más universales que ha alumbrado esta tierra. Andrés Laguna, médico de Carlos V, fue un hombre inquieto que recorrió buena parte de Europa dejando a su paso una ingente cantidad de estudios sobre Biología, Terapeútica y Medicina, entre otras disciplinas, que aún hoy son objeto de estudio, en especial, su obra más conocida, “el Dioscórides”. “Segovia Romana”, en el año 2000, fue una interesante puesta al día de los hallazgos arqueológicos y de los estudios históricos de los últimos años. “Francisco de Zurbarán y su obrador. Obras en España y en el Virreynato del Perú”, celebrada ese año, unió a obras del genial pintor extremeño presentes en Andalucía, un buen número de pinturas procedentes de varios monasterios peruanos así como de colecciones privadas segovianas. “Tiempo de Cambios. Segovia 1874-1931” fue organizada dentro de los actos conmemorativos que en el año 2002 recordaron el 125 aniversario de Caja Segovia, figurando en la muestra obras procedentes de museos y colecciones de toda España, pertenecientes a autores de gran renombres como Ignacio Zuloaga, Joaquín Sorolla, Aureliano de Beruete, López Mezquita, José Cusach, Cecilio Pla, José Gutiérrez Solana, Valentín de Zubiaurre, Ramón Casas, Maurice Fromkes, Darío de Regoyos, María Blanchard, Vázquez Díaz, Esteban Vicente, Federico y Lorenzo Coullaut-Valera, Aniceto Marinas, Emiliano Barral, Ángel Ferrant, etc. En 2006, “Caja Segovia Restaura” expuso todas las líneas de actuación que Caja Segovia había llevado a cabo para preservar el patrimonio histórico-artístico segoviano. Cuatro años más tarde, “La Pintura del siglo XIX en Segovia” puso de manifiesto la variedad y riqueza de un patrimonio de la ciudad y de la provincia bastante olvidado, concurriendo en esta exposición obras de instituciones, pero también de numerosas colecciones particulares, de difícil acceso.

El efecto dinamizador de muchas de las exposiciones enumeradas en estas líneas de trabajo se trasladó en numerosas ocasiones a la provincia de Segovia, promoviéndose actividades paralelas, ciclos de conciertos, proyecciones de cine, publicaciones, restauraciones e incluso exposiciones en pueblos como Cuéllar o Santa María la Real de Nieva. Uno de los últimos grandes programas desarrollados por Caja Segovia fue “Segovia Barroca”, planteado en paralelo a la exposición “Semblantes. Colección Granados”, celebrada en 2011. A través de ella se mostraron las diversas formas de concebir el rostro humano a lo largo de los siglos, con especial atención al momento Barroco. En la muestra destacaron las obras de grandes artistas pertenecientes a esta prestigiosa Colección, entre los que se contaban Luca Giordano, Juan Bautista Martínez del Mazo, Pedro Pablo Rubens, Antonio Rafael Mengs, Pedro de Mena, José Antolínez, Francisco de Zurbarán, Ignacio de Ríes, Pedro Orrente, Bartolomé Esteban Murillo, Francisco Rizzi, Alonso Cano, Francisco Salcillo, Mateo Cerezo, Antonio de Pereda, Claudio Coello y otros muchos. Contando con esta muestra como punto de partida, se llevó a cabo una iniciativa editorial y social, “Libros Solidarios”, editándose al efecto la “Historia de la Vida del Buscón”, obra de Francisco de Quevedo, protagonizada por el segoviano don Pablos, que fue vendida a un precio simbólico al objeto de recaudar fondos para los damnificados por el terremoto de Lorca a través de Cruz Roja, obteniéndose en poco más de quince días una cifra superior a los 6.000,00 €. Junto a esta publicación, vieron también la luz el doble CD “Canto del alma”, homenaje al músico y compositor Cristóbal Galán, uno de los más destacados maestros de la catedral de Segovia en el siglo XVII, y “El Real Sitio de Riofrío”, obra de Juan Francisco Hernando Cordero, primera monografía publicada sobre este emblemático palacio segoviano y su entorno, que fue presentada en Segovia y en poblaciones que estuvieron implicadas en su construcción, como fueron La Losa, Madrona, Navas de Riofrío o La Granja. En el proyecto “Segovia Barroca” también hubo teatro. Se puso en escena una de las más divertidas comedias de enredo escritas por Lope de Vega, “La hermosa fea”, que recorrió las poblaciones de Hontanares de Eresma, Turégano, Sacramenia, Boceguillas, Ayllón y Collado Hermoso.

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La Música se sumó al programa con el recital “Farinelli. La voz de los ángeles”, representado en varias localidades. El capítulo dedicado a la Restauración se ocupó de rescatar una obra de nuestro patrimonio, albergada en la catedral de Segovia y basada en un original perdido de José de Ribera, “El martirio de San Bartolomé”, pintado por Bartolomé Montalvo. Otra exposición, esta vez en el Centro Cultural Cronista Herrera de Cuéllar, se celebró en paralelo: “Lope. Las Entretelas de un Siglo”, integrada por piezas de vestuario que diseñara Tatiana Hernández para la película “Lope” de Andrucha Waddington, por el que este film se alzaría con un Premio Goya. La exposición fue también promocionada con un ciclo de cine, “Lope de Vega en la gran pantalla”, que permitió disfrutar de las películas “Lope”, “La Dama boba” y “El perro del hortelano” en Cuéllar, Nava de la Asunción, Sepúlveda, Cantalejo, Ayllón, Ortigosa del Monte, Santa María la Real de Nieva y Segovia.

La Sala de Conferencias del Torreón de Lozoya, hoy denominada “Sala de Tapices” tuvo un activo papel en la dinamización cultural de Segovia, promoviendo tanto actividades paralelas a las exposiciones (proyección de audiovisuales, conferencias, conciertos y presentaciones de libros), como programas culturales de muy diverso signo.

Han destacado entre estos ciclos: “La cultura hispano-judía y Segovia” (1994), “Torreón de Lozoya: Aula de Arte: La Pintura Románica” (1995), “La Música y la Muerte. Estudio comparativo de los Requiem de Mozart y Verdi” (1995), “Los Viajeros y sus fotografías” (de 1993 a 2000), “Concurso sobre Medio Ambiente” (1995), “IV Jornadas de Astronomía “Ciudad de Segovia” (1996), “La Música religiosa de Henry Purcell” (1996), “La Música en el siglo XX” (1996), numerosas actividades paralelas a la exposición “Segovia: caminos para el viajero” (1996), “Gilbert y Sullivan. Los creadores del Musical Inglés” (1997), “Segovia en el siglo XV. Arias Dávila: obispo y Mecenas” (1997), “Torreón de Lozoya: Aula de Arte: La Pintura Gótica” (1997), “La India: Historia, Arte y Cultura” (2000), “Segovia Romana” (2000), “Chagall. El mensaje bíblico, 1931-1983” (2002), “Isabel I. Reina de Castilla” (2004), “Antonio Machado y Segovia” (2007), “Segovia Renacentista” (2009), “Segovia Romana” (2010)…

En 1995 se creó un ciclo música estable que se desarrollará a partir de entonces en el jardín durante los meses de agosto: las “Veladas Musicales en el Torreón”. Sus primeros objetivos fueron el apoyo a los músicos segovianos, al tiempo que cubrir el vacío cultural que se producía en la ciudad tras el importante festival que se celebraba en el mes de julio, tiempo en el que se concentraban la mayor parte de actividades estivales. Poco a poco, las Veladas Musicales evolucionaron hacia géneros como el Jazz, el Flamenco, la Música Clásica, el Microteatro, el Tango, la Zarzuela, la Música Popular, la Ópera, el Góspel, el Soul, el Fado, el Rock, e incluso el microteatro, recibiendo emblemáticos grupos y solistas como Dani Wilde, The Fabulous Boogie Boys, Carmen Linares, La Vella Dixieland, el humorista José Luis Coll, Concha Buika, Esperanza Fernández, Spikedrivers, Nine Bellow Zero, Pedro Iturrael, Elliot Murphy, Miguel Poveda, Son de la Frontera, Mónica Molina, Dani Leigh, Arturo Soriano, Antonio Núñez Montoya “El Chocolate”, Larry Martin Band, Quique González, Baroque and Blue, Tomasa Guerrero “La Macanita”, sin olvidar espectáculos como “El ocaso de los castrati”, las dos ediciones de “Ecos de la Habana Colonial” (una de ellas grabada en CD), “Tiempo de Vals”, “Homenaje a Astor Piazzola”, “Música de Compositoras Españolas Contemporáneas” (retransmitido por RNE), etc.

Todas estas actividades acabaron por convertir al Torreón de Lozoya en uno de los centros culturales más importantes de la ciudad y de la provincia de Segovia, con una envidiable cifra de visitantes, una programación que atraía numeroso público de toda la geografía nacional y una visibilidad en medios de comunicación de muy alto nivel.

Prueba de ello fue la concesión, en 2012 del sello de calidad “TripAdvisor”, “el sitio web de viajes más grande del mundo”. Sin embargo, ese mismo año, el edificio y su supervivencia como centro cultural se vieron comprometidos en un duro proceso que se dilató hasta junio de 2017. La secuencia de este conflictivo asunto tiene como antecedente determinante la integración, en el año 2010, de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Segovia en el Banco Financiero y de Ahorros, al que cedería su negocio financiero –incluidas sus empresas- y la mayor parte de su patrimonio. El plan preveía que la antigua Obra Social y Cultural de Caja Segovia se convertiría en una Fundación de Carácter Especial, es decir, lo que hoy se denomina una “Fundación Bancaria”, puesto que su principal sostén sería el accionariado que Caja Segovia poseía en este banco y su filial, Bankia. La intervención de este Banco por parte del Estado determinó la pérdida de dicho accionariado, al tiempo que, poco después, el 17 de julio de 2012, el problema se acrecentaba cuando el Consejo de Administración de Caja Segovia asumió el pago de una deuda tributaria de la sociedad Navicoas-Asturias en la que había participado la Entidad de Ahorro. Para ello se firmó un crédito hipotecario con el Banco Financiero y de Ahorros en el que el Torreón de Lozoya figuró como garantía junto a otros inmuebles. Poco después, el Juzgado de Instrucción número 5 de Segovia percibió en este proceso la posible existencia de un delito societario por parte del Consejo de Administración de Caja Segovia, abriendo la correspondiente instrucción. Finalmente, el 15 de junio de 2017, la Fundación Caja Segovia –heredera de la extinta entidad de ahorro- llegó a un acuerdo con Bankia, por el que la hipoteca que pesaba sobre el Torreón de Lozoya quedó liberada, tras una importante quita, con lo que se aseguró el futuro del inmueble vinculado al servicio de Segovia.

El Torreón de Lozoya forma parte, desde los inicios de la Fundación, de su dotación fundacional y es un aspecto fundamental dentro de sus prioridades en materia de cultura. Es por ello que, en esta nueva fase, la Fundación Caja Segovia se ha esforzado por celebrar en sus salas muestras tan destacadas como “250 Años de Ingeniería Militar en España”, “Aspectos del paisaje en los fondos artísticos de la Fundación Caja Segovia”, “Acueductos de Portugal. Agua y Patrimonio. Fotografía de Pedro Inácio”, “El mundo por montera. Indumentaria tradicional segoviana”, “Ángel Cristóbal Higuera. Exposición-Homenaje”, “Memoria y lugar. Segovia en la fotografía de Otto Wunderlich”, “La Infantil (1931-2016). 85 años vendiendo ilusión”, “Gilbert Legrand. El juego de las pequeñas cosas”, “Good Morning Lucy. Exposición-Homenaje a The Beatles con motivo de los 50 años del álbum Sgt. Pepper’s”, “Leyendas del Deporte”, “Todas las cosas del mundo. Fotografías y poemas de Ricky Dávila”, “La obra de Jesús Unturbe en los fondos de la Fundación Caja Segovia”, “El legado Prieto. Las estampas del grabador del rey”, “Fernando Rodrigo (1944-2014). Alquimista del tiempo”, “Eduardo Arroyo. Tríptico: Teatro, Arte y Literatura”, “Segovia en estampas. Estampas de Segovia”, “De mi Real Aprecio. La Real y Distinguida Orden Española de Carlos III”, “Contemplations, Pierre Gonnord”, “Luis Moro. Triaca. Dioscórides-Laguna-Gamoneda”, “Salvador Dalí y la Divina Comedia”, “El paisaje en la Colección de Agustín de Diego”, “Roberto González Fernández. Paisajes con figuras-Figuras con paisajes”, “Durero. Maestro del Renacimiento”… En paralelo a esta actividad de exposiciones temporales, la Fundación Caja Segovia ha desarrollado un proyecto museístico con destino a las antiguas dependencias de la residencia, a las salas de recepción y a la torre que da nombre al edificio. El grueso de las obras que allí se exponen deriva en su mayoría de la colección que atesoró Caja Segovia durante su existencia, si bien la colección ha sido complementada con depósitos y donaciones. El 10 de mayo de 2018, este proyecto mereció por parte de la Junta de Castilla y León la concesión de la categoría de “museo”, la más alta dentro de la clasificación de centros museísticos que estableció dicho organismo en su Ley 2/2014, de 28 de marzo, de Centros Museísticos de Castilla y León. Desde ese mismo año, además, se realizaron varias reformas en el edificio al objeto de acomodarlo a las exigencias de un moderno museo: la incorporación de un ascensor, nuevos sistemas de iluminación, climatización, alarma, evacuación y extinción de incendios, dependencias administrativas, etc., bajo la dirección del arquitecto Miguel Ángel García Grande. Estas reformas finalizaron en los inicios del año 2020, procediéndose entonces al montaje de la exposición permanente, lo que ha supuesto dotar de una actividad continuada a todo el edificio en beneficio de la sociedad segoviana.

1 Archivo Municipal de Segovia. Caja – A138, Doc. 8.